¿Por qué festejar el 6 de agosto en el Qullasuyu?
Carlos Mamani Condori (*)
En la escuela de la misión adventista, a la que asistía allá por los años 1960, el 12 octubre estábamos obligados a marchar vivando el “día de la raza” y lo mismo ocurría en los 16 de julio y los 6 de agosto, el primero por ser el “primer grito revolucionario de América” y el segundo por ser el aniversario de la independencia de la patria (Bolivia). Así como se nos obligaba con la disciplina del chicote a “educarnos” en castellano, de la misma forma debíamos memorizar que Bolívar y Sucre eran los padres de la patria, que Pedro Domingo Murillo y sus amigos habían sido martirizados por nuestra libertad. Años más tarde siendo estudiante universitario escuché a un señor Gantier, custodio de la Casa de la Libertad en Sucre, despacharse un discurso que hacía llorar a la audiencia por que doña Juana Azurduy se había sacrificado por la libertad. La escuela, el cuartel (servicio militar que sólo los jóvenes indígenas cumplen) “educaban” en conciencia cívica, con especial énfasis en las mayorías campesinas, incorporadas a la nación boliviana como efecto de la revolución de 1952.
En las comunidades campesinas hasta ahora, cuando un joven —habiendo concluido o no su educación escolar— sí ha prestado íntegramente el servicio militar, se le festeja como “nuevo ciudadano” en el momento de su licenciamiento.
Desde 1952, ¿qué significó la ciudadanización del indio? El indio dejaba de serlo porque la ley boliviana lo declaró igual y semejante en derechos a los ciudadanos. Para eso debía aprender lengua, historia y cultura española (¿?), pero atención, no de los españoles de España, sino de los españoles que mandaban en Bolivia. Los ciudadanos bolivianos en ese tiempo estaban francamente convencidos de que los indios necesitaban “civilizarse”. Debían parecerse lo máximo posible a ellos: los mistis. Entonces los indios, oficialmente llamados hermanos campesinos, aprendieron a chapurrear el castellano, a memorizar la gesta de los hermanos Pizarro que trajeron la noticia del “verdadero dios”, las grandes luchas y batallas que dieron por “nuestra libertad” todos aquellos personajes históricos que llenaban los manuales de historia de Bolivia. Pero, así como cristo tenía la cara de los q’aras (ladinos, mistis), igualmente todos los libertadores y personajes históricos siempre tenían el mismo rostro q’ara. Pero ¿qué se podía hacer? La civilización era eso, dejar de ser indios para ser q’aras!
Desde el año 2.000, en que el indio (representado magistralmente por don Felipe Quispe) plantó la cara al gobierno q’ara, el discurso de la “civilización del indio” quedó notablemente maltrecho, siendo así que hoy tenemos el privilegio de ser el primer país (Bolivia) en tener un Presidente Indio, y una agenda social y política de descolonización.
El pueblo indio (el conjunto de naciones y culturas nativas sojuzgadas) a pesar de todas las políticas de colonización preservó su identidad y memoria. Solo por mencionar un ejemplo: el año de 1930 (vísperas de la guerra del Chaco con el Paraguay) Eduardo Nina Quispe propuso al país la renovación de Bolivia, mediante la fundación de la república del Qullasuyu. Desde 1960, la emergente intelectualidad indígena ha incidido repetidamente en la caracterización del país como colonial, mientras la historiografía (particularmente aymara) ha establecido una visión descolonizada que rebate el discurso criollo de la independencia.
La invasión de 1532 al Tawantinsuyu y la de 1538 al Qullasuyu establecieron el dominio colonial español. Los invasores, con los hermanos Pizarro a la cabeza, se ocuparon de saquear cuanto oro, plata (…) había en nombre del Rey de España, repartiéndose el territorio y sus habitantes en encomiendas, siendo ciertamente los repartimientos coloniales el cimiento de la institucionalidad político territorial de la república. Francisco de Toledo, el Virrey, estableció las bases de la sociedad colonial, particularmente el referido a la separación: la República de Españoles y la República de Indios.
Cuando Napoleón Bonaparte se apoderó de España por colocar como Rey a su hermano Pepe Botella, en las colonias, en la Audiencia de Charcas (el primer nombre colonial del país) los españoles al igual que sus paisanos de la península ibérica, se organizaron también en Juntas de Gobierno para defender los derechos de Fernando VII (prisionero de Napoleón) bajo la consigna de “Viva el Rey muera el mal gobierno” en alusión a Manuel de Godoy (el favorito de la reina María Luisa de Parma); así ocurrió el 25 de mayo de 1809 en La Plata (hoy Sucre) y el 16 de julio en La Paz. Las llamadas revoluciones y las consiguientes restauraciones de la administración colonial no eran ni más ni menos luchas de grupos de poder, “guerras civiles” como las ocurridas entre 1542 y 1548. Aquí vale la pena evocar los sueños de Gonzalo Pizarro que quería independizarse de Carlos V y que por ello fue decapitado, su casa salada y su hijo “exiliado” a España. Conviene entonces recordar el chiste de que la independencia no fue mas que la venganza de los encomenderos.
La fundación de la república ocurrida el 6 de agosto de 1825 fue pues la consumación de un acto separatista del imperio español y las sedes virreinales de Lima y Buenos Aires por el conjunto de gentes que conformaban la república de españoles en la jurisdicción de la Audiencia de Charcas. ¿Quién podría explicar el hecho de que la fundación de la nación Boliviana fue como la de un club social o otra entidad parecida? Además la independencia no fue buscada por los hijos de los antiguos encomenderos, sino impuesta por la fuerza de los hechos, el avance del ejército del Norte encabezado por Simón Bolívar y su lugarteniente Antonio José de Sucre. ¿Quién fue el verdadero padre de Bolivia? ¿por qué olvida la historiografía oficial el rol protagónico de Casimiro Olañeta, asimismo del general absolutista Pedro Antonio de Olañeta que mantuvo a raya en la quebrada de Humahuaca a los llamados ejércitos argentinos?.
Con la independencia, los españoles criollos, tanto en Bolivia como en las demás repúblicas, se liberaron de las ataduras legales coloniales que protegían a la república de indios, como aquella que prohibía a los españoles y mestizos vivir dentro de las comunidades indígenas, pues estaba comprobado que españoles y mestizos no desaprovechaban la menor oportunidad para despojar tierras a los indios.
Desmantelaron el gobierno de los caciques y declararon enfiteutas a los indios para apoderarse de la totalidad de las tierras indígenas. Sin embargo, desde la independencia, continuaron viviendo del tributo colonial que solo los nativos estaban obligados a pagar. El impuesto colonial servía para pagar a la burocracia de la república y a sus siempre levantiscos generales y sargentos. Como en toda la América del Sur, desde 1866 la historia indígena fue de despojo oficial y sistemático de sus tierras para entregarlas a manos de individuos de la “raza superior” conformada por los criollos y algunos pocos inmigrantes extranjeros. Las correrías del ejército de aquel tiempo fueron las mismas o incluso más sanguinarias que las practicadas por los primeros españoles. Ciertamente el pueblo Qulla tuvo mejor suerte que otros pueblos como los Chiriguano, Mapuche (…) que fueron prácticamente diezmados por los ejércitos nacionales para entregar sus tierras a gente venida de otros mundos.
La república no era nada más que una colonia rebelde, profundamente plantada en la ideología colonialista que veía en el indio un accesorio que podía desechar en el momento en que la civilización hubiese triunfado, y ese triunfo solo debía darse además sobre los despojos del indio:
"¿Se extinguirá el pobre indio al empuje de nuestra raza, como se extingue el dodo, el didornis, el ornitorrinco? Si la extinción de los inferiores es una de la condiciones del progreso universal, como dicen nuestros sabios modernos, y como lo creo, señores, (ésta) será irrevocable, por más dolorosa que sea. Es como una amputación que duele, pero que cura la gangrena y salva de la muerte" (Gabriel René Moreno).
La república, para su salud, requería de la muerte del indio y la muerte del indio era también el resultado de la extinción, o como dicen los escritores bolivianos, de la extirpación del ayllu. Sin embargo el Estado boliviano no tenía la capacidad de prescindir de la población indígena como tampoco la tenía para reemplazarla con población europea como lo estaban haciendo otras repúblicas hispanas [1].
Este tema es bastante difícil y conflictivo de tratar, por cuanto desde la colonia, los criollos rehusan admitir su identidad colonial. Así como ya hace muchos años había señalado Joseph Barnadas:
"Cuando se quiere analizar la existencia colectiva india antes y después de la creación de Bolivia, la nube de emotividades a despejar es notable; la simple mención del término "colonialismo Boliviano" levanta ya enconadas susceptibilidades, no por irracionales menos agresivas. Y todo antes de comprobar los hechos" (Barnadas 1978: 27).
Luego de la guerra liberal, después de haber tenido por aliados a los indios, el gobierno de la republica en la presentación del censo de 1900, presagiaba:
"Es preciso advertir que hace mucho tiempo se opera en Bolivia un fenómeno digno de llamar la atención: el desaparecimiento lento y gradual de la raza indígena. En efecto, desde el año de 1878 esta raza está herida de muerte. En ese año, la sequía y el hambre trajeron tras sí la peste que hizo estragos en la raza indígena. Por otra parte el alcoholismo, al que son tan inclinados los indios diezma sus filas de una manera notable, y tanto que el número de los nacimientos no cubre la mortalidad... De manera que en breve tiempo ateniéndonos a las leyes progresivas de la estadística, tendremos la raza indígena, si no borrada por completo del escenario de la vida, al menos reducida a su mínima expresión. Si esto puede ser un bien se apreciará por el lector, considerando que, si ha habido una causa retardataria en nuestra civilización, se debe a la raza indígena, esencialmente refractaria a toda innovación y a todo progreso (Censo General de la República de Bolivia 1900: 35-36).
A pesar de las “leyes progresivas de la estadística” los indios continuaron manteniendo la robustez de su número: mayoría.
A pesar del racismo y el odio que profesaban los gobernantes, cuando requirieron combatientes para el conflicto territorial con el Paraguay (1932-1936), no tuvieron otra alternativa que acudir al masivo reclutamiento indio. Fue en las arenas del Chaco que los combatientes indios conocieron mejor a sus opresores en sus vicios y debilidades. Vueltos al ayllu tuvieron mayores argumentos para desplazar del control del poder local a los gamonales que habían monopolizado la totalidad de cargos burocráticos, así como para defender sus tierras de los siempre angurrientos latifundistas. Lo ocurrido el 9 de abril de 1952 no fue más que la culminación de un proceso gestado por tanto tiempo, la recuperación de la totalidad de las tierras de comunidad, que luego ante los hechos consumados fue oficializado con un decreto de reforma agraria el 2 de agosto de 1953.
Ante la contundente irrupción india en la vida republicana, representada en los poderosos regimientos de milicianos, los políticos del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) no tuvieron más alternativa que admitir que los indios eran iguales a ellos en derechos y obligaciones (voto universal). Pero idearon aún una trampa colonial: los indios debían esforzarse en parecerse a ellos. Para eso dispusieron de la escuela, donde aprenderían idioma, conocimientos y cultura que negarían a su vez el idioma y la cultura indígena. Esta política de asimilación fue puesta a tono con las políticas indigenistas, propugnadas en el convencimiento de que la aculturación era el camino de la integración del indio a las sociedades nacionales.
José Flores, uno de los más importantes músicos aymaras de los últimos tiempos, compuso un huayño que dice “uka jach’a uru jutaskiway amuyasipxañani jutaskiway”, ciertamente el gran día vendrá, un nuevo sol alumbrará al Qullasuyu, vivimos los albores del sexto sol.
Notas:
[1] . Alcide D’Orbigny que estuvo en los años posteriores a la independencia en Buenos Aires pudo advertir que la inmigración europea iniciada en 1825 por orden de Rivadavia “aún imponía dispendios de consideración al gobierno, forzado a alimentar durante meses enteros a emigrados que no le reportaban ningún beneficio…” (D’Orbigny 2002: 97)
(*) Carlos Mamani Condori es un historiador aymara, autor de numerosos libros, ensayista, docente universitario y miembro del Centro de Estudios Multidisciplinarios Aymara (CEM-Aymara). Asimismo ha sido miembro fundador del Taller de Historia Oral Andina (THOA).
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