El Pensamiento Ayra para comprender al Ayllu

Por Fernando Untoja Choque

 

Es difícil en estos tiempos, fijar referentes después de tanta tormenta en la realidad y en la memoria, ya el individuo parece estar aplastado y hasta proscrito en el mundo de instituciones y una naturaleza que se encuentra cada vez mas degradada, por la decisión tomada desde siglos, lo cierto de todo esto es que esa decisión releva de la filosofía.

Para situar, o mejor dicho intentar partir de si-mismo estamos obligados de dar un vuelo rápido sobre la manera de concebir el hombre y su relación con el pensar en la filosofía occidental. Conscientes que estamos marcados por una filosofía, donde lo humano desaparece y lo real en tanto que discurso se impone como sistema.

La filosofía se define como pensamiento de lo real, todo su esfuerzo desde hace dos mil quinientos años en occidente ha sido de poner lo real en sistema, es decir, describir la realidad observable por la experiencia y esto en un marco de vocación definitiva, que seria valida para todos los hombres y para la eternidad.

Esta forma de pensamiento refleja la creencia absoluta que el hombre, por su espíritu puede alcanzar lo real, encadenando su pensamiento en el orden conveniente, cierto la definición difiere según los siglos, puede atrapar lo real.

El espíritu pensará por ideas adecuadas, en completa conformidad con aquel; en el siglo XVII, con la llegada de los grandes sistemas llamados metafísicos, los filósofos piensan haber alcanzado la verdad absoluta. El orden que ellos proponen para encadenar sus ideas, les parece ser el orden mismo de lo real.

Pero un sistema filosófico siendo (para comenzar) una invención, para la filosofía, el “verdadero” real, la realidad “autentica” es el discurso que la filosofía enuncia sobre esta realidad.

La filosofía toma el discurso sobre lo real, las suposiciones que ella hace sobre lo real, para la realidad y para la verdad, es la pretensión de la filosofía.

Por otra parte la vocación de todo sistema filosófico consiste igualmente en mostrar que la filosofía es un acto libre por el cual la razón da la realidad y se da así, a ella misma su propia ley para construir el mundo real.

Las filosofías se distinguen las unas de las otras, pero también se juzgan o se aprecian la una y la otra por la manera como cada una determina como apariencia o ilusión lo que los otros toman o lo tienen por lo real.

En eso se puede decir que cada filosofía consiste en una decisión con relación a lo real-verdadero. Esto ha desembocado en el siglo XIX en el sistema hegeliano, en el que “lo racional es real y lo real es racional”, lo que significa el reino absoluto de una Razón omnipotente y omnisciente.

         Entonces, pretensión y decisión son los dos caracteres mayores de la filosofía, ¿en que eso podría  ser criticable? Allí donde hay motivo para criticar, es que en el corazón de todo sistema filosófico está el hombre.

Es el primer reproche que harán los filósofos del siglo XX a sus predecesores; Heidegger enunciará así: “la filosofía y sobre todo la metafísica occidentales han reducido lo real aun conjunto de objetos mesurables”. Pero el hombre no es una maquina totalmente predecible.         

Previamente el psicoanálisis freudiano llegó a desordenar la situación del pensamiento filosófico, inscribiendo la noción de inconsciente; por este descubrimiento, se hace imposible reducir el hombre a  su sola razón y conciencia; el ser humano quedará siempre un enigma para él mismo y sus actos serán (para siempre), en parte determinadas por motivaciones desconocidas.

         Son las razones por las cuales, en la segunda mitad del siglo XX, se ha escuchado hablar de la “muerte de la filosofía”: por una parte, ella se veía incapaz de tomar en cuenta éste descubrimiento del inconsciente humano y por otra frente a las atrocidades cometidas en el transcurso de las dos guerras llamadas mundiales y el horror de los campos y la bomba atómica, era incapaz de dar su versión. Entonces la pretensión de la filosofía en querer comprender, explicar y transformar el mundo real parecía, como nunca cuestionada y desacreditada.

         Por primera vez desde el comienzo del pensamiento occidental, la filosofía confesaba su impotencia ante la capacidad del hombre a engendrar el mal y las acciones que ella no había imaginado.

         A pesar de este total desorden los filósofos han tratado, bien que mal de retomar la iniciativa y asumir este giro fundamental de la historia de la humanidad, pero esta vez con una humildad de circunstancia que ha modificado profundamente el “paisaje de la filosofía”.

         Es el momento de revisar el concepto de lo real: pues de único y rígido se convierte en múltiple y complejo. Una visión del mundo se impone donde las certezas vuelan en pedazos; es igualmente el tiempo de una crisis general de todas las filosofías morales y políticas.

El hombre se convierte en sujeto creador de lo real, mientras que en otras épocas, no era más que un juguete del destino del mundo. Son pensadores como Deleuze y Foucault (y actualmente Derrida) que en el transcurso de los años setenta, establecen este nuevo enfoque filosófico, que se llama la des-construcción.

         Entonces la filosofa contemporánea está caracterizada por un “pensamiento de lo impensable”. La des-construcción, trata de suprimir toda referencia a cualquier mitología de la metafísica, pero ella no llega ni a extirparse del recorrido del psicoanálisis, ni a liberarse de su culpabilidad con respecto al pensamiento judaico.

         Este último, por intermedio de Emmanuel Levinas, promueve, recomienda un nuevo enfoque del hombre y de su identidad, pero bajo la autoridad del Otro, que en todo caso, seria la imagen, la cara de Dios que garantizaría el respeto de toda humanidad.

         Este enfoque que marca de manera muy fuerte el retorno a la ética y una posibilidad de moral practica, marca por aspectos un retorno metafísico, que será considerado a veces por muchos como el más próximo de la religión que de la filosofía.

         A pesar de todo, la parte de la decisión filosófica sobre lo real y sobre la identidad del hombre queda sin alteración, incluso si  hay generosas intenciones. El riesgo aquí es, que a fuerza de persistir a pensar el hombre y lo real tal que, no lo son, a soñarlos de una cierta manera; la filosofía se revelará siempre incapaz de relevar los desafíos que no dejarán de presentarse a ella en lo futuro, siempre en un mundo más fluctuante, más complejo y más alienante para el ser humano.

         Por otra parte la transferencia de decisión en un real múltiple y complejo donde el hombre es pensado únicamente bajo la forma del numero y de diferente, no resuelve la cuestión de saber en que medida los hombres podrán llegar a luchar ellos–mismos contra el actual sentimiento de impotencia que les consume y decidir de su lugar en el mundo y de la manera en el cual quieren vivir.

         En resumen, por un lado el hombre parece todavía fuerte en el marco de la moral y de la filosofía; por otro, está abandonado a lo aleatorio de una realidad multiforme incontrolable. En los dos casos, se constata que el hombre es un abandonado de la filosofía, sea por persistencia, pretensión, sea por dilución, pero siempre bajo la misma constante: el rechazo de reconocer al hombre una verdadera identidad.

Lo real queda irremediablemente privado al pensamiento filosófico, sin que este llegue a admitirlo. Es a partir de esta constatación que intentamos forjar un pensamiento provocador del Ayra ( mensaje simultáneo) (no amor por el saber, no saber del amor).

No para negar la necesidad del pensamiento, ni tampoco negar la filosofía, sino para señalar sus incoherencias y las razones de su fracaso en el marco de las ambiciones que ella siempre se las dio.

         Recordemos que la filosofía de Marx en el siglo XIX, clamaba que la filosofía había querido siempre cambiar el mundo, pero no había hecho más que explicar. Se trata ahora de formular las razones filosóficas que conducen a esta limitación y de proponer una alternativa bajo la forma de hipótesis.

         Las razones son en parte aquellas que han sido anunciados hasta ahora y que provienen de una persistencia de voluntad de decisión y de pretensión sobre lo real por parte de la filosofía, en particular sobre el hombre, del mismo modo que el rechazo de reconocer a este último una verdadera identidad.

         En ese sentido la filosofía pretende conocer el hombre, decir lo que es y lo que debe ser, teniendo la intención inconfesada de querer hacer un filosofo, un ser perfecto, bueno y obediente, gobernable y por que no explotable. Recordemos que Marx, ya había encontrado una relación entre una cierta ideología y el capitalismo.

         Este estado de cosas, esta pretensión debe imperativamente ser suspendido para que otro estilo de pensamiento pueda retornar por fin, es decir un Ayra: “un pensamiento que hace lo que dice y dice lo que hace”, lurtma qunsa sata, sama qunsa lurta, de manera simultanea.  Es este el fundamento de toda ética posible, la filosofía pretende servir al hombre, mientras que por tradición ella le somete, por tanto es ella misma que se priva de toda verdadera legitimidad y ningún auxilio será en lo futuro para el hombre.

         Entonces, ¿como hacer? La hipótesis que podemos avanzar es simple: consiste en renunciar a enunciar cualquier discurso sobre lo real. Lo real (pacha) aparece como la única instancia que pueda deshacer las pretensiones de la filosofía.

         Nosotros hemos visto, en la filosofía, es la decisión que prima sobre lo real, mientras que éste (real) en los hechos le escapa permanentemente, como muestra la experiencia en el siglo XX.

Aquí hacemos la hipótesis que lo real, es alguna (parte) cosa necesariamente incognoscible, incuestionable, indestructible; mas vale entonces acordar una primacía radical y rechazar al mismo tiempo de pensarlo, de decir arbitrariamente “es esto, es eso”.

         Si nosotros actuamos así, entramos en otro modo de pensamiento, (podemos decir que el pensamiento cambia de territorio), podemos llamar pensar Ayra, que piensa a partir de lo real, según él, bajo su condición necesaria y primera.

         Lo real va entonces determinar en última instancia o en ultima identidad el pensamiento, de manera unilateral, es decir que el Ayra se niega de hacer el retorno sobre lo real para dominarlo y determinarlo a su vez.

         Lo real precede toda descripción; es la fuente; es la fuente de todo lo que nosotros podemos conocer, re-sentir, pero, en última instancia, no podemos decir, lo que es y nos negamos pretender conocerlo en un acto o un gesto de manipulación cualquiera sea esta. Se trata de un suspenso de todo idealismo en el corazón mismo del pensamiento. Eso no significa que no podamos decir algo, pero lo hacemos en un marco de toda humildad primera que nos permite quedar auscultando (escucha) lo real y al hombre particularmente, sin encerrar en sistemas cerrados y rígidos que no le corresponden de ninguna manera.

         Siempre se va de lo real hacia el conocimiento, jamás del conocimiento hacia lo real; lo que podemos llamar “fuerza del mensaje” Esta es una abertura radical; estamos ahora en postura de descubierto y no más decisión con respecto a lo real: entonces es la visión en uno

         El Uno siendo ahora el otro nombre de lo real y no la unidad globalizante y totalisante de la teoría filosófica. Entonces donde la filosofía piensa “sistema”, Ayra por su parte piensa el uní-verso, esto significa que todo lo que es, es en uno, pertenece a ese real; este Uno, de donde todo procede sin que podamos conocerlo en su totalidad, sino solo a través de sus diversas manifestaciones.

         Ayra se examina como simple teoría, no como una doctrina y quedarse así; Ayra procede por hipótesis, no por imperativos categóricos o amenazas. Por que Ayra es intraducible en los términos de la comprensión humana, pues escapa a la lógica, que Ayra entiende proteger lo real de toda reducción arbitraria, de toda utilización ideológica. El riesgo de esta postura es ciertamente el hombre. Esta nueva postura va poner en evidencia, como un vacío o agujero, su identidad.

         Allí donde la filosofía siempre a negado al hombre una identidad real, el pensamiento Ayra, adoptando el procedimiento de pensamiento adecuado a la visión en-uno, y el presupuesto de un real incognoscible en ultima instancia; le deja ser, expresar su identidad sin encerarlo en un sistema alguno, con otra cosa más que el mismo. Pensar el mensaje rechaza, expresar afirmaciones del estilo “el hombre es un lobo para el hombre, o el hombre es bueno, y es la sociedad que le pervierte”o el “hombre es un animal político”etc. Está negado el derecho de decidir a priori, que hay una naturaleza humana dada y finita; pues esto es el medio más eficaz de encerrar al hombre en categorías donde le es imposible probar que pueda modificarlo, evolucionar.

         Ayra pone en cambio el acento sobre el único aspecto del cual se puede hablar a propósito del hombre: la ociedad. La filosofía se encuentra sin salida sobre este punto, sin embargo es la única situación del cual todo ser humano hace experiencia: es decir de su ser a la vez múltiple y único. Nosotros vivimos nuestra diferencia con relación a los otros seres vivientes, pero también entre nosotros. Cualquier hombre que se parezca a otro, podemos decir que no hacemos la experiencia del semejante, estando cerca con otros hombres.

         Lo que reconocemos como única experiencia verdaderamente común es el desorden frente a la vida (en tanto que seres vivientes únicos, concientes de nuestra condición de mortales) y al mismo tiempo la soledad intrínseca que hace que re-sintamos todos a grados diversos, de manera diferente, particularmente incomunicable.

         Es por eso que el pensar Ayra como mensaje propone un nuevo enfoque de lo humano, que tome en cuenta esta experiencia que no se puede evitar. No se emplea para esto, el término de hombre como categoría filosófica, pero se hablará de lo ajeno o del in-hombre (inhumano) para distinguir del precedente.

         El pensar Ayra, si nos situamos desde del punto de vista práctico, (la moral por ejemplo), se trata aquí de un verdadero cambio de terreno desde el punto de vista ético sobre la condición que para lo real en general, va efectuarse a partir de lo Ajeno, en el rechazo fundamental de decir algo, de decidir para él, de lo que es o debe ser.

         Así ya no se pretende pensar más el hombre, se piensa según él. Lo ajeno no es mas objeto de la filosofía, como lo era el hombre, él es un actor principal, el autor real del pensamiento como fuerza: es el sujeto de su propia teoría.

         Puede parecer en un primer momento que la diferencia es mínima, no es de lo humano, a fortiori sobre el problema de inter-subjetividad, es decir todas la cuestiones que giran alrededor del problemas del otro (es otro o es el mismo que yo, solo puedo tratar de que a través de la percepción que yo tengo de él, lo que tiende a decir que él no existe que con relación a mi, debe ser entonces la referencia absoluta de todas mis acciones al punto que yo pierdo mi personalidad?) del mismo modo que todas aquellas, relativas, a las nociones de respeto y de libertad.

El ajeno es realmente autónomo con relación a la filosofía: ésta no puede más desposeerlo de su identidad radical y con relación a los otros humanos, El Ajeno comparte con ellos la soledad fundamental (en eso son idénticos), quedando un ser único en cada cuerpo (en eso, toda persona puede decir yo/ yo soy diferente).

         Todo esto podemos formular como sigue: Yo y lo ajeno somos idénticos en última identidad. En ultima identidad significa que en el fondo de todos nosotros, a pesar de nuestras diferencias, algo nos liga que releva de nuestra soledad; pero más allá de eso, nada podemos decidir sobre lo que son la ligazones, las relaciones entre hombres son o deben ser. Como, para lo real, es el ajeno que determina su ser y su pensamiento, sin que el pensamiento retorne sobre él en una voluntad de dominación. Además esta formula permite, ya pensar mas al otro únicamente como otro yo o como una prioridad absoluta sobre mi.

Sino mas bien permite examinar un respeto para él, que viene de la más profunda identidad que compartimos, sin avanzarme jamás, mas allá, nunca; cualquiera sea el otro, en todo caso ninguna decisión exterior a mi o a él, viene a transgredir nuestra libertad.

         A partir de allí un humanismo real es tomado en cuenta, que no es lo que la filosofía piensa del hombre, pero a partir de lo que el hombre en tanto extranjero piensa de /por el mismo, fuera de toda alienación.

         Se podrá objetar que aquí se trata de una carta blanca bien optimista otorgada al ser humano, que no toma en cuenta su capacidad hacia el mal, ni sus tendencias a la perversión.

         Es necesario entonces reponerse en el marco de la filosofía y recordar que su vocación primera es de comprender, de cambiar el mundo y los hombres, en el objetivo de convertirles en mejores.

Todo lo que está dicho aquí, es que la filosofía no tiene ninguna posibilidad de lograr en la medida en que ella sueña y que no le deja ser lo que es verdaderamente.

El hombre no ha tenido jamás y realmente la palabra en la historia del pensamiento; es tiempo de darle. ¿Por que hacer siempre la hipótesis de que proseguirán las catástrofes?. ¿Acaso esas catástrofes no tuvieron lugar y no ocurren todavía cada día, sin que la filosofía pueda hacer algo? ¿Por que no apuntar sobre lo ajeno, sobre su capacidad en construir un mundo que se pueda vivir, sin que sea necesario canalizarlo?

Pues en fin que significa esta obstinación en querer siempre decidir en lugar del otro, ¿acaso no es el miedo de que ese otro se convierta en algo incontrolable?

 

 fuch

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